viernes, 6 de julio de 2018

Lección 187 | Bendigo al mundo porque me bendigo a mí mismo.

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LECCIÓN 187

Bendigo al mundo porque me bendigo a mí mismo.

Nadie puede dar lo que no tiene. De hecho, dar es la prueba de que se tiene. Hemos hecho mención de esto anteriormente. Mas no es eso lo que hace que sea difícil de creer. Nadie duda de que primero se debe poseer lo que se quiere dar. Es en la segunda parte de la afirmación donde el mundo y la percepción verdadera difieren. Si has tenido y has dado, el mundo afirma que has perdido lo que poseías. La verdad mantiene que dar incrementa lo que posees.
¿Cómo va a ser posible esto? Pues es seguro que si das una cosa finita tus ojos físicos dejarán de percibirla como tuya. No obstante, hemos aprendido que las cosas sólo representan los pensamientos que dan lugar a ellas. Y no careces de pruebas de que cuando compartes tus ideas, las refuerzas en tu propia mente. Tal vez la forma en que el pensamiento parece manifestarse cambie al darse. No obstante, éste tiene que retornar al que lo da. Y la forma que adopte no puede ser menos aceptable. Tiene que ser más.
Las ideas tienen primero que pertenecerle antes de que las puedas dar. Y si has de salvar al mundo, tienes que primero aceptar la salvación para ti mismo. Mas no creerás que ésta se ha consumado en ti hasta que no veas los milagros que les brinda a todos aquellos a quienes contemples. Con esto, la idea de dar se clarifica y cobra significado. Ahora puedes percibir que al dar, tu caudal aumenta.
Protege todas las cosas que valoras dándolas, y así te asegurarás de no perderlas nunca. Y con ello queda demostrado que lo que no creías tener te pertenece. Mas no le atribuyas valor a su forma. Pues ésta cambiará, y con el tiempo no será reconocible por mucho que trates de conservarla. Ninguna forma perdura. El pensamiento tras la forma de todo es lo que es inmutable.
Da gustosamente, pues con ello sólo puedes beneficiarse. El pensamiento sigue vivo y su fuerza aumenta a medida que se refuerza al darse. Los pensamientos se extienden al compartiese, pues no se pueden perder. No hay un dador y un receptor en el sentido en el que el mundo los concibe. Hay un dador que conserva lo que da, y otro que también habrá de dar. Y ambos ganarán en este intercambio, pues cada uno de ellos dispondrá del pensamiento en la forma que le resulte más útil. Lo que aparentemente pierde es siempre algo que valorará menos que aquello que con toda seguridad le será devuelto.
Nunca olvides que sólo te das a ti mismo. El que entiende el significado de dar, no puede por menos que reír de la idea del sacrificio. Tampoco puede dejar de reconocer las múltiples formas en que se puede manifestar el sacrificio. Se ríe asimismo del dolor y de la pérdida, de la enfermedad y de la aflicción, de la pobreza, del hambre y de la muerte. Reconoce que el sacrificio sigue siendo la única idea que yace tras todo esto, y con su dulce risa todo ello sana.
Una vez que una ilusión se reconoce como tal, desaparece. Niégate a aceptar el sufrimiento, y eliminarás el pensamiento de sufrimiento. Cuando eliges ver todo sufrimiento como lo que es, tu bendición desciende sobre todo aquel que sufre. El pensamiento de sacrificio da lugar a todas las formas que el sufrimiento aparenta adoptar. Mas el sacrificio es una idea tan demente que la cordura la descarta de inmediato.
Jamás creas que puedes hacer sacrificio alguno. No hay cabida para el sacrificio en lo que tiene valor. Si surge tal pensamiento, su sola presencia demuestra que se ha cometido un error, el cual es necesario corregir. Tu bendición lo corregirá. Habiéndosete dado a ti primero, ahora es tuya para que tú a tu vez la des. Ninguna forma de sacrificio o de sufrimiento puede prevalecer por mucho tiempo ante la faz de uno que se ha perdonado y bendecido a sí mismo.
Las azucenas que te ofrece tu hermano se depositan ante tu altar, junto con las que tú le ofreces a él. ¿Quién podría tener miedo de contemplar una santidad tan hermosa? La gran ilusión del temor a Dios queda reducida a la nada ante la pureza que aquí has de contemplar. No tengas miedo de mirar. La bendición que has de contemplar eliminará todo pensamiento de forma, y en su lugar dejará allí para siempre el regalo perfecto, el cual aumentará eternamente, será por siempre tuyo y será por siempre dado.
Ahora somos uno en pensamiento, pues el miedo ha desaparecido. Y aquí, ante el altar a un solo Dios, a un solo Padre, a un solo Creador y a un solo Pensamiento, nos alzamos juntos como el único Hijo de Dios. No estamos separados de Aquel que es nuestra Fuente ni distanciados de los hermanos que forman parte de nuestro único Ser, Cuya inocencia nos ha unido a todos cual uno solo, sino que nos alzamos en gloriosa bendición y damos tal como hemos recibido. Tenemos el Nombre de Dios en nuestros labios. Y cuando miramos en nuestro interior, vemos brillar la pureza del Cielo en nuestro reflejo del Amor de nuestro Padre.
Ahora somos bendecidos y ahora bendecimos al mundo. Queremos extender lo que hemos contemplado porque queremos verlo en todas partes. Queremos verlo refulgir con la gracia de Dios en todos nuestros hermanos. No queremos que se le niegue a nada de lo que vemos. Y para cerciorarnos de que esta santa visión es nuestra, se la ofrecemos a todo lo que vemos. Pues allí donde la veamos, nos será devuelta en forma de azucenas que podremos depositar sobre nuestro altar, convirtiéndolo así en un hogar para la Inocencia Misma, la cual mora en nosotros y nos ofrece Su Santidad para que sea nuestra.
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jueves, 5 de julio de 2018

Lección 186 | De mí depende la salvación del mundo.

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LECCIÓN 186

De mí depende la salvación del mundo.

Ésta es la afirmación que algún día habrá de erradicar de toda mente todo vestigio de arrogancia. Éste es el pensamiento de la verdadera humildad, que no te adjudica ninguna otra función, excepto la que se te ha encomendado. Dicho pensamiento supone tu aceptación del papel que te fue asignado, sin insistir en que se te asigne otro. No se detiene a considerar qué papel es el que es adecuado para ti. Tan sólo reconoce que la Voluntad de Dios se hace tanto en la tierra como en el Cielo. Une a todas las voluntades de la tierra en el plan celestial para la salvación del mundo, y les restituye la paz del Cielo.
No nos opongamos a nuestra función. No fuimos nosotros quienes la establecimos. No fue idea nuestra. Se nos han proporcionado los medios para llevarla a cabo perfectamente. Lo único que se nos pide es que aceptemos nuestro papel con genuina humildad, y que no neguemos con un aire de falsa arrogancia que somos dignos de él. Poseemos la fuerza necesaria para hacer lo que se nos pide llevar a cabo. Nuestras mentes están perfectamente capacitadas para desempeñar el papel que nos asignó Uno que nos conoce bien.
Mientras no entiendas su significado, puede que la idea de hoy te parezca muy ardua. Lo único que dice es que tu Padre te recuerda todavía y te ofrece la perfecta confianza que tiene en ti, Su Hijo. No te pide que seas diferente de como eres en modo alguno. ¿Qué otra cosa sino esto podría pedir la humildad? ¿Y qué otra cosa sino esto podría negar la arrogancia? Hoy no dejaremos de cumplir nuestro cometido con la engañosa excusa de que es un insulto a la modestia. Es el orgullo el que se niega a responder a la Llamada del Propio Dios.
Hoy dejaremos a un lado todo vestigio de falsa humildad para poder escuchar la Voz de Dios revelarnos lo que desea que hagamos. No pondremos en duda nuestra capacidad para llevar a cabo la función que Él nos ofrezca. Sólo estaremos seguros de que Él conoce nuestras fuerzas, nuestra sabiduría y nuestra santidad. Y si Él nos considera dignos, es que lo somos. Es sólo la arrogancia la que opina de otra manera.
Hay una manera, y sólo una, de liberarse del encarcelamiento al que te ha llevado tu plan de probar que lo falso es verdadero. Acepta en lugar de él el plan que tú no trazaste. No juzgues si eres o no merecedor de él. Si la Voz de Dios te asegura que la salvación necesita que tú desempeñes tu papel y que la totalidad depende de ti, ten por seguro que así es. Los arrogantes tienen que aferrarse a las palabras, temerosos de ir más allá de ellas y de experimentar lo que podría poner en entredicho su postura. Los humildes, en cambio, son libres para oír la Voz que les dice lo que son y lo que deben hacer.
La arrogancia forja una imagen de ti que no es real. Ésa es la imagen que se estremece y huye aterrorizada cuando la Voz que habla por Dios te asegura que posees la fuerza, la sabiduría y la santidad necesarias para ir más allá de toda imagen. Tú, a diferencia de la imagen de ti mismo, no eres débil. No eres ignorante ni impotente. El pecado no puede mancillar la verdad que mora en ti, ni la aflicción puede acercarse al santo hogar de Dios.
Esto es lo que te dice la Voz que habla por Dios. Y según Él te habla, la imagen se estremece e intenta atacar la amenaza que le resulta desconocida, al sentir que sus cimientos se derrumban. Abandónala. La salvación del mundo depende de ti, y no de ese pequeño montón de polvo. ¿Qué podría esa imagen decirle al santo Hijo de Dios? ¿Por qué tiene él que preocuparse por ella en absoluto?
Y así hallamos nuestra paz. Aceptaremos la función que Dios nos encomendó, pues toda ilusión descansa sobre la absurda creencia de que podemos inventar otra función para nosotros. Los papeles que nosotros mismos nos hemos auto-otorgado son inestables y parecen oscilar entre la aflicción y la dicha extática del amor y de amar. Podemos reír o llorar, recibir el día de buen grado o bien recibirlo con lágrimas. Nuestro propio ser parece cambiar según experimentamos múltiples cambios en nuestro estado de ánimo, y nuestras emociones nos remontan hacia lo alto o nos estrellan contra el suelo sumiéndonos en la desolación.
¿Es éste el Hijo de Dios? ¿Habría podido Él crear semejante inestabilidad y llamarla Su Hijo? Aquel que es inmutable comparte Sus atributos con Su creación. Ninguna de las imágenes que Su Hijo aparenta forjar afecta lo que él es. Dichas imágenes revolotean por su mente como hojas arrastradas por el viento, que forman diseños fugaces y se desbandan para volverse a agrupar hasta finalmente dispersarse. O como los espejismos que se ven en el desierto.
Estas imágenes insubstanciales desaparecerán y dejarán tu mente libre y serena cuando aceptes la función que se te ha encomendado. Las imágenes que fabricas sólo dan lugar a metas conflictivas, transitorias y vagas, inciertas y ambiguas. ¿Quién podría mantener un esfuerzo constante o poner todas sus energías y empeño en metas como éstas? Las funciones que el mundo tiene en gran estima son tan inciertas, que aún las más sólidas cambian por lo menos diez veces por hora. ¿Qué se puede esperar de metas como éstas?
Como bello contraste, tan seguro como el retorno del sol cada mañana para disipar la noche, tu verdadera función se perfila clara e inequívocamente. No hay duda acerca de su validez. Pues procede de Uno que no conoce el error y Cuya Voz está segura de Sus mensajes. Éstos nunca cambiarán ni estarán en conflicto. Todos ellos apuntan hacia un solo objetivo, el cual puedes alcanzar. Puede que tu plan sea imposible, pero el de Dios jamás puede fracasar porque Él es su Fuente.
Haz lo que la Voz de Dios te indique. Y si te pide que hagas algo que parece imposible, recuerda Quién es el que te lo pide y quién el que quiere negarse. Luego considera esto: ¿Quién de los dos es más probable que esté en lo cierto? ¿La Voz que habla por el Creador de todas las cosas y que las conoce exactamente como son o la distorsionada imagen de ti mismo, que es inconsistente y está confundida, perpleja e insegura de todo? No permitas que Su Voz te dirija. Oye en su lugar una Voz que es inequívoca y que te habla de la función que te encomendó tu Creador, Quien te recuerda y te exhorta a que te acuerdes de Él ahora.
Su dulce Voz llama desde lo conocido a lo que no conoce. Él quiere consolarte, aunque no conoce el pesar. Él quiere hacer una restitución, si bien goza de absoluta plenitud; Él quiere hacerte un regalo, si bien sabe que ya lo tienes todo. Él tiene Pensamientos que satisfacen cualquier necesidad que Su Hijo perciba, si bien Él no las ve. Pues el Amor sólo puede dar, y lo que se da en Su Nombre se manifiesta en la forma más útil posible en un mundo de formas.
Ésas son las formas que jamás pueden engañar, ya que proceden de la Amorfia Misma. El perdón es una forma terrenal de amor, que, como tal, no tiene forma en el Cielo. No obstante, lo que aquí se necesite, aquí se concederá. Valiéndote de esta forma puedes desempeñar tu función incluso aquí, si bien el amor significará mucho más para ti cuando se haya restaurado en ti el estado de amorfía. La salvación del mundo depende de ti que puedes perdonar. Ésa es tu función aquí.
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miércoles, 4 de julio de 2018

Lección 185 | Deseo la paz de Dios.

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LECCIÓN 185

Deseo la paz de Dios.

Decir estas palabras no es nada. Pero decirlas de corazón lo es todo. Si pudieras decirlas de corazón, aunque sólo fuera por un instante, jamás volverías a sentir pesar alguno, en ningún lugar o momento. Recobrarías plena conciencia del Cielo, el recuerdo de Dios quedaría completamente reinstaurado y la resurrección de toda la creación plenamente reconocida.
No hay nadie que pueda decir estas palabras de todo corazón y no curarse. Ya no podría entretenerse con sueños o creer que él mismo es un sueño. No podría inventar un infierno y creer que es real. Desea la paz de Dios, y se le concede. Eso es todo lo que desea y todo lo que recibirá. Son muchos los que han dicho estas palabras. Pero ciertamente son muy pocos los que las han dicho de todo corazón. No tienes más que contemplar el mundo que ves a tu alrededor para cerciorarte de cuán pocos han sido. El mundo cambiaría completamente sólo con que hubiese dos que estuviesen de acuerdo en que esas palabras expresan lo único que ellos anhelan.
Dos mentes con un solo empeño se vuelven tan fuertes que lo que disponen se convierte en la Voluntad de Dios. Pues las mentes sólo se pueden unir en la verdad. En sueños, no hay dos mentes que puedan compartir la misma intención. Para cada una de ellas, el héroe del sueño es distinto, y el desenlace deseado no es el mismo. El perdedor y el ganador simplemente alternan de acuerdo con patrones cambiantes, según la proporción entre ganancia y pérdida y entre pérdida y ganancia adquiere un matiz diferente o adopta otra forma.
No obstante, lo único que se puede hacer en sueños es transigir. A veces ello adopta la forma de una unión, pero sólo la forma. En los sueños nada tiene significado, pues su meta es transigir. Las mentes no pueden unirse en sueños. Sólo pueden negociar, Mas ¿qué trato podrían hacer que les proporcionase la paz de Dios? Las ilusiones pasan a ocupar Su lugar. Y lo que Él es deja de tener significado para las mentes dormidas empeñadas en hacer tratos, cada cual en beneficio propio y a costa de la pérdida de otros.
Desear la paz de Dios de todo corazón es renunciar a todos los sueños. Pues nadie que diga estas palabras de todo corazón desea ilusiones o busca la manera de obtenerlas. Las ha examinado y se ha dado cuenta de que no le ofrecen nada. Ahora procura ir más allá de ellas, al reconocer que otro sueño sólo le ofrecería lo mismo que los demás. Para él, todos los sueños son uno. Y ha aprendido que la única diferencia entre ellos es la forma que adoptan, pues cualquiera de ellos suscitará la misma desesperación y zozobra que los demás.
La mente que desea la paz de todo corazón debe unirse a otras mentes, pues así es como se alcanza la paz. Y cuando el deseo de paz es genuino, los medios para encontrarla se le conceden en una forma tal que cada mente que honradamente la busca pueda entender. Sea cual sea la forma en que se presente la lección, ha sido planeada para él de tal forma que si su petición es sincera, no dejará de verla. Mas si su petición no es sincera, no habrá manera de que pueda aceptar la lección o realmente aprenderla.
Dediquemos hoy nuestra práctica a reconocer que nuestras palabras son sinceras. Deseamos la paz de Dios. No es éste un deseo vano. Estas palabras no piden que se nos dé otro sueño. No procuran transigir, ni es su afán hacer otro trato con la esperanza de que aún haya un sueño que pueda tener éxito cuando todos los demás han fracasado. Decir estas palabras de corazón es reconocer la futilidad de las ilusiones y pedir lo eterno en lugar de sueños cambiantes que parecen ofrecerte distintas cosas, pero que en realidad son igualmente insubstanciales.
Dedica hoy tus sesiones de práctica a escudriñar minuciosamente tu mente a fin de descubrir los sueños que todavía anhelas. ¿Qué es lo que realmente deseas de corazón? Olvídate de las palabras que empleas al hacer tus peticiones. Considera solamente lo que crees que te brindará consuelo y felicidad. Pero no te desalientes por razón de las ilusiones que aún perduran, pues la forma que éstas adoptan no es lo que importa ahora. No dejes que algunos sueños te resulten más aceptables, mientras que te avergüenzas de otros y los ocultas. Son todos el mismo sueño. Y puesto que todos son el mismo, debes hacer la siguiente pregunta con respecto a cada uno de ellos: "¿Es esto lo que deseo en lugar del Cielo y de la paz de Dios?"
Ésta es la elección que tienes ante ti. No te dejes engañar pensando que es de otra manera. En esto no es posible transigir. Pues o bien eliges la paz de Dios o bien pides sueños. Y éstos vendrán a ti tal como los hayas pedido. Mas la paz de Dios vendrá con igual certeza para permanecer contigo para siempre. No desaparecerá con cada curva o vuelta del camino, para luego reaparecer sin que sea reconocible, en formas que cambian y varían con cada paso que das.
Deseas la paz de Dios. Y eso es lo que desean también todos los que parecen ir en pos de sueños. Esto es lo único que pides tanto para ellos como para ti cuando haces esta petición con profunda sinceridad. Pues de esa manera procuras alcanzar lo que ellos desean realmente, y unes tu intención a lo que ellos quieren por encima de todas las cosas, hecho éste que tal vez les sea desconocido, si bien para ti es indudable. Ha habido ocasiones en las que has sido débil y en las que has estado indeciso acerca de tu propósito, inseguro con respecto a lo que quieres, adónde ir a buscarlo o adónde acudir en busca de ayuda. Mas la ayuda ya se te ha dado. ¿No la aprovecharías ahora compartiéndola?
Nadie que realmente busque la paz de Dios puede dejar de hallarla. Pues lo único que pide es dejar de engañarse a sí mismo, al negarse lo que la Voluntad de Dios dispone. ¿Quién que pida lo que ya es suyo podría quedar insatisfecho? ¿Quién que pida una respuesta que él puede dar puesto que dispone de ella puede decir que no se le ha contestado? La paz de Dios es tuya.
La paz fue creada para ti; tu Creador te la dio y la estableció como Su propio regalo eterno. ¿Cómo ibas a poder fracasar cuando tan sólo estás pidiendo lo que Él dispone para ti? ¿Y cómo podría ser que lo que pides fuese solamente para ti? No hay ningún don de Dios que no sea para todos. Éste es el atributo que distingue a los dones de Dios de todos los sueños que jamás parecieron ocupar el lugar de la verdad.
Cuando un don de Dios ha sido pedido y aceptado por cualquiera, nadie pierde, sino que todos salen ganando. Dios da sólo con el propósito de unir. Para Él, quitar no tiene sentido. Y cuando tampoco lo tenga para ti, sabrás a ciencia cierta que compartes una sola Voluntad con Él, así como Él contigo. Y también sabrás que compartes una sola Voluntad con todos tus hermanos, cuya intención es la tuya.
Es esa única intención lo que buscamos hoy al unir nuestros deseos a la necesidad de cada corazón, al llamamiento de cada mente, a la esperanza que se encuentra más allá de toda desesperación, al amor que el ataque quisiera ocultar y a la hermandad que el odio ha intentado quebrantar, pero que aún sigue siendo tal como Dios la creó. Con semejante ayuda a nuestro lado, ¿cómo íbamos a poder fracasar hoy cuando pedimos que se nos conceda la paz de Dios?

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